En la cosmovisión andina, volar no es escapar, es volver a mirar el mundo desde lo alto, donde los dioses respiran y los presagios se revelan. ‘Pawanayki’, el nuevo álbum del músico ayacuchano Brageiki, nace desde ese impulso. Su título, en quechua, evoca el vuelo y condensa la intención de un viaje espiritual que parte desde lo terrenal para dialogar con el Hanan Pacha, ese espacio sagrado donde habitan los apus, los ancestros y las fuerzas que sostienen el equilibrio del universo. Así, el disco se convierte en un rito de ascensión, un intento por restablecer vínculos rotos con la tierra, con la memoria, con lo invisible.
Musicalmente, el vuelo se materializa a través del charango. No se presenta como un adorno folclórico, sino como base viva del sonido. Sus notas agudas se estiran y multiplican, a veces en forma de brisa, otras como ráfagas densas, según lo exija cada paisaje. Brageiki observa y escucha al cielo. Sobre ese tejido se expanden capas electrónicas que elevan. Las texturas, manipuladas con cuidado, simulan corrientes de aire, choques entre planos, fragmentos de resonancia suspendida. El resultado es una sensación constante de estar despegando, flotando, descendiendo.
A lo largo del álbum, el concepto del vuelo se mantiene como guía espiritual. Las melodías funcionan como invocaciones: tensas, etéreas, a veces entrecortadas, como si imitaran el planear de un ave o su irrupción en los vientos altos. Algunas piezas recuerdan el graznido lejano del cóndor, mensajero sagrado que sobrevuela las alturas para conectar lo humano con lo divino. Volar, en este contexto, no significa huir del dolor, sino mirarlo desde otra perspectiva. Pawanayki convierte el desplazamiento en acto de sanación, en resistencia contra la colonización del espíritu y del lenguaje.
Este álbum no explica la cosmovisión andina, la encarna. Brageiki habita los símbolos. Y al hacerlo, crea un espacio de escucha que trasciende el tiempo lineal y nos recuerda que el sonido también puede ser un puente entre mundos.
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